lunes, 10 de agosto de 2015

Historia de una casualidad

Mi naturaleza observadora siempre ha provocado que no pueda dejar de mirar a mi alrededor. Me impulsa a detenerme frente a los edificios y a sentir admiración por la arquitectura, a mirar los coches y que de repente me fascine el automovilismo, a embelesarme con el cielo anaranjado y que quiera capturar todos los atardeceres del mundo, a caminar y maravillarme con los entramados de calles árabes, a observar los jardines de flores malvas y azules como si se tratase de un cuadro dotado del más absoluto realismo. También tiendo a fijarme en la gente, en sus rostros y gestos, me gusta preguntarme en qué estarán pensando, si echarán a alguien de menos, si estarán enamorados, si se sienten tristes. Al mismo tiempo pienso en el poder de las casualidades, de los miles de millones de personas quiénes podrían hacernos felices, con cuántas nos sentiríamos nosotros mismos, quiénes se volverían inolvidables, cuántas serían imprescindibles. Todas las personas y todos sus recuerdos y todas sus vidas y todos sus planes de futuro a veces quedan reducidos al instante en que una persona decide adentrarse en los misterios de otra. Ese momento en el que comienzan las conversaciones, el lenguaje no verbal, o incluso el sexo. Algunas historias son tan breves que consiguen dejar huella tras los años sin que ni siquiera la otra persona haya podido darse cuenta. Tengo grabadas a fuego a personas de las cuales no sé ni su nombre, que cada cierto tiempo resurgen en mi mente haciéndome recordar un pequeño instante en el que decidí que no importaba, que era bonito mirarse y sonreírse durante esos escasos minutos a cambio de pagar el precio de pasar toda una vida sin conocernos. Aprendí demasiado rápido que hay historias precisamente bonitas porque no empiezan nunca.
Tú parecías una de esas historias. Me gustaba la idea de la imposibilidad, asumir que no llegaría a conocerte nunca. No descubrir nunca de qué lado te apoyabas cuando dormías, cuál era tu sabor favorito de helado, qué películas te habían hecho llorar o cuál era tu banda sonora los días de lluvia. Me fascinaba poder imaginarlo, idealizarte a mi antojo. Dormirías del lado derecho, porque yo duermo del izquierdo y así podría abrazarte todas esas noches que no dormiríamos juntos. Te encantaría el chocolate y la nata montada y harías los mejores postres del mundo aunque nunca sabrías que a mí no me gusta mucho el dulce. Sabrías cocinar lasaña, aunque nunca sabrías que es mi comida favorita. Harías las mejores caricias en los pies, pero nunca rozarías los míos ni dirías que son los pies más bonitos, ni serían los primeros que has besado. No conocerías mi risa escandalosa, ni te la contagiaría en plena calle a las tantas de la madrugada estando borrachos, ni sabrías cuándo hay algo que no digo ni tendrías el poder de averiguarlo. Nunca te dejaría que me hicieras pedorretas en la barriga porque las odio ni me daría cuenta de que me encantan si me las haces tú. No conocerías mis pesadillas, ni mis sueños, ni tendrías ganas de quedarte conmigo a ayudarme a alcanzar todas mis metas. No sabría que tienes mal carácter y humor de perros si te enfadas, ni yo sabría que lejos de que esas cosas me molestasen sólo harían que me gustases un poquito más. No habríamos dicho nunca la misma frase a la vez, ni te habría dejado leer los fragmentos que tengo subrayados en mis libros favoritos, ni te habría dicho nunca que te encantaría leer El guardián entre el centeno. Tampoco habríamos visto juntos Los amantes del circulo polar ni sabría que se convertiría en tu película favorita, ni habríamos llorado con el final de Interstellar hasta acabar riendo por lo idiotas que somos. Yo no sabría jamás lo valiente que eres ni el miedo que te dan las alturas, ni cómo besas después de follar, ni lo guapo que estás recién levantado un domingo después de haber dormido conmigo, ni cómo te tiemblan las manos o lo impaciente que eres, ni cómo suena tu risa o cómo te brillan los ojos si aguantas las ganas de llorar.
Tampoco sabría lo que es verte mientras conduces, ni me habrías dicho nunca que podemos tener un accidente por intentar darte un beso mientras lo haces, y pensaría que tengo un problema por no poder dejar de hacerlo incluso cuando no debo. No te habría tenido desnudo en mi cama, ni me habría quedado dormida en tu espalda, ni te habría dicho nunca que mi casa es el hueco que tienes construido entre tu clavícula y tu hombro. No habríamos hecho nunca el amor en tres hoteles diferentes, ni en la encimera de mi cocina, ni en la cama de tus padres, ni en mi azotea, ni en el asiento trasero de tu coche, ni en mi portal, ni en tu bañera, ni en un fotomatón. Tampoco habría escuchado cómo suena un te quiero de tus labios en mi oído, ni tú sabrías cómo se encharcan mis pupilas cada vez que yo te lo digo sin palabras por culpa del nudo en la garganta. No habríamos bailado La vie en rose en la azotea con la mejor vista de la ciudad, tan sólo porque estabas allí conmigo, ni me habrías sorprendido con la mejor cena del mundo encima de una mesilla, rodeados de velas y con esa música clásica de fondo que nunca habrías sabido que me encanta. Tampoco me habría puesto nunca celosa ni habría sabido lo bonito y jodido que puede llegar a ser tener miedo de perder a alguien, ni habría dejado una nota en la ventanilla de tu coche para que la vieras al salir de clases y supieras que no podía dejar de pensar en ti, ni te habría hecho una pulsera con el hilo que le falta a mis descosidos porque nunca habría sabido que nada te gusta tanto como una pulsera hecha a mano. No me habría dado cuenta de lo que me molesta que me hagas reír cuando estoy enfadada, ni que te echo de menos si estoy tres días sin verte o que a veces me he despertado creyendo que había dormido contigo y me he puesto triste al ver que no estabas. No te habría conocido y me habría perdido a alguien mejor que la arquitectura, que los coches, que los atardeceres, que las calles árabes y que los jardines de flores malvas y azules. Eres mejor que el resto de personas incluso sin haberlas conocido, porque ya no quiero conocerlas.
Me he dado cuenta de que hay personas que siguen siendo inolvidables cuando las vives. Ya no importan todas las historias que no fueron mientras tú sigas siendo esa casualidad por la que dejé de tener miedo. O por la que empecé a tenerlo más que nunca.

10 comentarios:

  1. Iván Podadera López10 de agosto de 2015, 17:46

    Todos somos enamorados, todos lo estamos. El universo entero de amor está formado. El cielo sabe a poco para quien probó tus besos y desde que te perdí mi mundo se ha convertido en el peor infierno. Sólo necesito que vuelvas, eres el significado de amor en mi cerebro, mi mayor aspiración es hacer que nuestras almas vivan un amor perfecto, aunque haya infinidad de paraísos que pudiera descubrir elegiría morir porque sin ti, no quiero ser eterno.

    Te fuiste y creí que debía olvidarte, pero comprendí que formas parte de mí, una parte tan grande que sin ella no podría vivir.

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    1. Vaya, es bonito. Gracias por compartirlo conmigo.

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  2. No quería que acabara nunca la entrada 😍

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    1. Muchas gracias, me alegra mucho que te haya gustado.

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  3. He llegado aquí por una bendita casualidad, podría haber presionado o no el enlace al tweet y finalmente lo hice. No quería acabar, devoraba cada palabra y al poco me di cuenta de que estaba llorando, no se si porque quizás yo también echo de menos a alguien o porque simplemente me tocaste el corazón.
    Es hermoso, Anna, es lo más bonito que he leído en estos días y debo decirte que me has llegado mucho, muy profundamente.

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    1. Es gracias a la gente capaz de sentir lo que escribo por lo que merece la pena compartirlo, en lugar de que termine abandonado en una nota. Muchísimas gracias linda, ojalá nunca se nos acaben las casualidades.

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  4. Mágica. No quería que terminara nunca.

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    1. Muchísimas gracias, es todo un halago para mí.

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